jueves, agosto 22, 2013

Los Jaivas en el Bellas Artes, una fotografía.



A los usuarios que se dirigen al evento masivo en Bellas Artes se les recomienda salir por Baquedano o Plaza de Armas, debido a la aglomeración acumulada afuera de la estación

El aviso del conductor fue dado en estación Irarrázaval, íbamos sentados en esos viejos vagones en los que los asientos se orientan para facilitar la conversación entre cuatro desconocidos. Una vez terminada la sugerencia del capitán del viaje, la señora que venía sentada frente a nosotros comenta al aire con un dejo de molestia:

-          “¿Por qué habría de hacer eso, yo también tengo derechos?”.

Al notar que solo miramos su reacción, perorata al asfixiado aire, comentó a su joven acompañante:

-          ellos no tienen por qué decirme que hacer, yo decido.”

Al llegar a Bustamante, el conductor nuevamente hizo el último llamado, enfatizando esta vez, que la sugerencia se dirigía principalmente a las personas que asistirían al evento con niños, condición que nuestra empoderada compañera de viaje cumplía, y que nuevamente añadió.

-          “¿Por qué debería bajarme en otra estación para caminar como las huevonas? Ellos quieren manipularlo todo. Yo también tengo derechos” (sentenció).

Tratamos de persuadirla.

Mientras algunos se ofuscaron al no convencer a la señora, sabía que había estaba frente a una mina de oro en el mundo de las sanas interpretaciones. No pretendo juzgar su posición, pues en otras circunstancias he visto reacciones similares, unas más airadas que otras, pero todas tienen ese componente de revelación. Tampoco creo que sea una situación generalizable, pero sin duda que es un fenómeno instalado.

Los derechos fueron la primera parada, el reconocimiento de su igualdad con los demás. ¿Acaso existe una cultura del indignado más allá de la marcha?¿No será que la mujer iba de mal humor?¿padecerá alguna situación de asimetría? No lo sabemos, solo podríamos imaginar que existe una molestia abstracta, y por ende instalada que surge en los mínimos detalles de la vida cotidiana.

Sin embargo, las intervenciones sucesivas dan algunas pistas que ayudan a profundizar la observación, pues alude a su capacidad de elección y al cuestionamiento de la autoridad. Lo primero no es paradojal, forzando levemente la interpretación, podríamos aventurar que la ausencia de ese derecho que ella reclamaba no sólo ha marcado un perjuicio asimétrico hacia ella, sino que además, ha coartado su voluntad, su capacidad de movimiento o elección.  Por último, nos refiere a la autoridad, en la sutil figura del conductor. ¿Por qué cuestionar la sugerencia? En rigor literal, podríamos ampliar a ¿Quiénes son ellos, los manipuladores?¿Existe un contubernio sistémico que nos amarra a una voluntad calculadora?


Sin duda alguna podríamos levantar muchas más interrogantes y reflexionar libremente en cada una de las intervenciones de aquella mujer, no obstante, hay un punto a destacar, y es que hay una crítica soterrada, que quizás no marcha, pero que se constituye como una disconformidad a cómo, entre todos, estamos construyendo nuestro ahora.